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"FUELLE"  um conto de
Por Pablo Andrés Escapa Publicado em Contos, Espanha, Literatura a 27 de Dezembro, 2020 6056 palavras
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FUELLE

Cada vez que lo cuento es como si acabara de ocurrir, tan viva regresa a mi memoria aquella noche. Y los gestos y las voces de los hombres que la compartíamos. La crudeza del aire era tanta que la oscuridad parecía sólida, un hielo remansado contra el que hubiera que remar para moverse. Hasta las estrellas pesaban en la altura amenazando con caer sobre nosotros. Por templar las manos alentábamos sobre ellas unas bocanadas que nacían tibias pero que acababan deshaciéndose tan heladoras como la noche, sin obrar consuelo alguno. Y en ventear tan tristes nieblas estábamos cuando el señor Paulino dijo aquella frase que nos suspendió la respiración un instante para ponernos a todos en ensoñaciones: «los fuelles son el aliento del mundo».
–¿Los bueyes?
Les diré que el que preguntaba era Santines y lo hacía fiel a su costumbre: la expresión pasmada y los ojos muy abiertos, paseados sobre cada uno de nosotros en busca de confirmación. Pero nadie le aclaró nada porque estábamos todos hechos a su sordera, y porque quien más y quien menos tiene lo suyo en esta vida y se aguanta. Nunca han faltado fiebres, ni toses, ni cojeras, ni reúmas, ni pulgas, ni malas dentaduras aquí y allá. Lo mío era un hombro echado a la ruina desde hacía años. Mas no por eso dejaba de hacer lo que me correspondía sin esperar consuelos de nadie.
Habíamos salido a fumar. Si nunca han descargado un vapor de cien toneladas corridas de cabotaje no saben lo que vale un descanso, aunque haga un frío en cubierta que congele los ánimos más templados. Pero qué cosas. En cuanto nos quedamos quietos, perdido cada cual en sus penas enredadas en el humo, empezamos a echar de menos el trajín del sollado. Al momento estábamos mirándonos unos a otros, con los cuellos subidos, el pitillo en la boca y las manos hundidas en las ropas de labor. Era como si cada uno descubriera en los demás los rigores de estar al raso sin hacer nada.
En un rincón del muelle, palpitantes en la luz indecisa de una farola tan temblona como nosotros bajo el cielo, había unas cajas amontonadas y restos esparcidos de basura entre cuatro tablones cariados. Unos cristales rotos por el suelo devolvían los guiños de la farola, como un corazón multiplicado en sus agitaciones. Así andarían los nuestros también. Alguien propuso algo sin alzar mucho la voz, medias palabras envueltas en la niebla de un aliento que pasó deshaciéndose a mi lado. Pero en los oídos se quedó varada su lumbre. Y así fue como, de pronto, nos vimos todos abandonando el barco con precipitación, revueltos en un entusiasmo casi infantil que a veces estallaba en una risotada, cuando no en un grito o en un atropello por adelantarse a un compañero mientras cruzábamos el pantalán a la carrera, camino del charco amarillo de la farola. Y el mismo desorden alegre con el que desembarcamos gobernó primero todos los afanes por amontonar los cartones y las tablas, y puso después en movimiento todas las manos, que no tardaron en abrirse para mostrar unos flecos de estacha raídos por el tiempo, y en seguida se sumaron a aquellos despojos unos cuantos papeles volanderos que estaban esparcidos sobre el muelle, como restos caprichosos de un naufragio. En cierto momento, con la sonrisa aún dibujada, feliz por el acopio que pronto echaría a arder, levanté la cabeza para mirar al barco. Rezagado, a su paso y con la expresión embaída de siempre, bajaba Santines por la escalera de amarre para venir a juntarse con nosotros.
No hay como un buen fuego cuando el único gobierno que se impone alrededor es una tenaza negra de hielo. Como no hay historia mala si sabe entregarla una voz. A un comerciante de Chipre, que parecía ofrecer oro en vez de naranjas, tan bien las predicaba, le oí yo afirmar, con esa voz devota que digo para meterse en cuentos que todo lo hacen verdad, que los ángeles únicamente saben pronunciar una palabra: «fuego», me confió bajando la voz. La dicen mientras van y vienen por una escala –siguió metiéndose en detalles– y cada vez que se saludan con esa seña en los labios, se anima una hoguera en el mundo. De aquella confidencia me acordé viendo a Nobriga, el portugués, afanado en sacar llamas de los restos que habíamos juntado. Pero antes de aplicarse al incendio, había buscado el resplandor de la farola llevando un papel de periódico en la mano, una de esas reliquias recién recogidas por el muelle. Y bajo la luz amarilla se había puesto a leer con mucha aplicación, como deletreando: «a las doce y media, hoguera tras la misa del gallo en la iglesia de santa…». Ni acabó. Fue recitar aquello poco y ponérsele una cara que no sabría decir si era de desconsuelo o de ternura, porque también quise entrever algo de zozobra y de dolor en la mirada. Luego, dejando caer las manos que sostenían el papel y poniendo los ojos en lo alto, exclamó muy sentido:
–Ah, se eu estivesse em Miranda agora… Aquelas são foguerias de Natal.
–¿Y qué sabemos si el periódico es de hoy?
Tenía razón la voz tonante de Irondo, el maquinista. No hay como andar dando tumbos por los siete mares sin que a uno lo esperen en ningún sitio para perder el rumbo de los días. Y trajinando entre válvulas y calderas más, que hundido en aquellas prisiones de vapor se borra el tiempo. Fue entonces cuando Nobriga, volviendo a tierra los ojos, empezó a arrugar con rabia la hoja de periódico y a retorcerla hasta sacarle punta. Y con el mismo coraje buscó en un bolsillo y rascó una cerilla contra el suelo, y amparando su breve incendio con la mano lo llevó a un cabo de la hoja, que humeó primero y resplandeció enseguida, contagiado el ardor. Puesto de rodillas, el portugués aplicó la antorcha de papel al barullo de ruinas que habíamos juntado sobre la dársena. Y todo empezó a temblar alrededor, a medida que el fuego prosperaba y ponía agitaciones en las sombras, que también eran inquietudes del ánimo viendo latir la fragua de la hoguera. Nobriga, cada vez más empeñado en su labor, estaba ahora a cuatro patas sobre el suelo soplando con mucho ímpetu sobre la llama recién nacida de la lumbre. Y ahí fue cuando el señor Paulino, que aún jadeaba un poco, apenas rematado el oficio de reunir despensa para el fuego, dijo muy discretamente aquello de que los fuelles son el aliento del mundo. A mí, qué quieren que les diga, la voz tenue pero vibrante que me llegó de labios del señor Paulino, una voz que recordaba a la llama que se iba afianzando delante de nosotros, me sonó tan cierta como la que predicaba aquel comerciante de naranjas del idioma secreto de los ángeles.
La verdad es que entre el fuego y lo apuntado, ya estábamos todos pendientes de las palabras que tenían que seguir. Pero no llegaban. Y aún faltaba el desconcierto obligado de Santines, esos bueyes mal traídos a su oreja que fueron a perderse en la misma ausencia de la que habían venido. Alejándose estarían todavía cuando el señor Paulino echó al fuego un tablón. Luego hizo un gesto para que nos acercáramos a él, que nunca le gustó alzar la voz, con lo bien que le sonaba. Y así fue como empezamos a escuchar, tocados por aquella palabra suya que igual sabía sostener nuestra atención que despertar con su gracia las lenguas del fuego, crecidas de pronto en el aire, como puestas de puntillas para ver al auditorio allí reunido: seis almas perdidas, por no decir abandonadas, estábamos alrededor. Y creciéndose la llamarada en una de esas conquistas del aire, estalló con un chispazo que a mí me pareció una sílaba suelta echada al vuelo, un alarde o un saludo, de relator a relator, antes de amainar de nuevo para ceder la palabra. Y el señor Paulino, que entendió la invitación de la lumbre, empezó a contar.
»Una vez –dijo–, tuve yo al mundo acunado en el regazo. Y con un fuelle le di aliento. Fue una de esas noches de la infancia que no se olvidan nunca. Una noche que las estrellas se descolgaron tanto de la altura que parecían oír los parlamentos de los hombres y consolar sus tristezas haciéndolas radiantes bajo sus fuegos. Casi como hoy».
Paseó la vista sobre nosotros y todos levantamos los ojos hacia el cielo. Nobriga volvió a sus melancolías a media voz:
–¡Ay, hoje em Miranda, que lindas luzes…!
»Había estado nevando desde el mediodía –regresó el señor Paulino a aquel tiempo antiguo que nos contaba–. Y yo respiraba muy quieto, pegado a la ventana, viendo nevar hasta quedarme medio lelo, que no hay función que más ensueño ponga en la mirada que el viaje reposado de los copos una hora tras otra. Mi madre trajinaba más atrás, haciendo músicos los pucheros, levantando aquí y tapando allá, entregando al aire una lenta sinfonía de hervores y humaredas. Se empañaban los cristales con aquellas notas del vapor y a mí se me iba emborronando el mundo. Abrí con la mano un mirador que me salió muy redondo en el cristal lloroso y entonces, por su centro, como si fuera uno de esos equilibristas del circo que caminan metidos en una esfera de ámbar, vi a un hombre embutido en un abrigo largo, inclinado hacia delante y con un gran bulto a la espalda. Tardé un momento en reconocerlo, pero el mechón de pelo rubio que le llenaba la frente, un gran rizo dorado que regresaba a esconder su punta cana por debajo de la gorra, no tenía pérdida. Aquella onda, que arrancaba amarilla como el sol y moría en un mechón nevado, la había visto yo la víspera muy sublevada, cuando la estremecía el aire trastornando su asiento y poniéndola a ondear. Un gallardete flameante de oro blanco en medio de la helada. Y había visto también el fardo de la espalda, pero abierto entre sus manos: un acordeón de color púrpura con las teclas de nácar. Lo diré: el que pasaba por el ojo de la ventana, liviano entre los copos, como perdido en uno de esos remolinos agitados de las bolas de nieve, era el acordeonista que yo había visto tocando en las escaleras de la catedral, sentado con mucha compostura en un cajón.
»Siempre quise ser músico –se confió el señor Paulino, dejando un momento la historia–. Y mi padre también quería. «Aprende un instrumento, rapaz, que solo tengas que salir de casa para ir con él de fiesta». Pero es ley no hacer caso de los que saben. Y así andamos, como no quería mi padre, de cabo a rabo del mundo y sin saber el día que habrá uno de volver. Los adioses suyos valían por un año. Ahora se entiende el sufrimiento paciente de mi madre, que vivía para pagar ausencias. Bien creo que por eso me hiciera siempre la misma encomienda cuando me veía abrir la puerta de casa: «no tardes, hijo».
El señor Paulino sacó un pañuelo y se sonó la nariz. Antes de guardarlo lo pasó brevemente por el rabillo de un ojo al tiempo que encubría un sorbetón. La lumbre palpitaba, cada vez más cálida.
»Podría contaros ahora lo que comimos aquel día mi madre y yo –retomó el hilo el señor Paulino–, aunque solo fuera por enseñaros el arte que tiene la cazuela del pobre para engañar el hambre. Pero no hay como decirlo todo para aburrir. Así que, bastará con saber que yo sorbí con prisas y quemándome los labios lo poco que había en el plato, y que con mi madre aún sentada a la mesa, me puse de pie y le dije que quería pisar la nieve, dejar una huella a la puerta, solo eso».
El señor Paulino hizo entonces una pausa, lo recuerdo bien. Y nos fue mirando con calma, como quien anda metido en comprobaciones que solo él alcanza. Cuando dio por terminada la inspección, volvió a hablar. Y lo hizo pidiendo renuncias: «Los buenos entendedores nunca necesitaron más palabras de la cuenta. ¿Hará falta que diga la respuesta de mi madre?». Y quedó como a la espera. Lo cierto es que nos oímos replicando todos a una: «no tardes, hijo». Lo dijimos hasta con sentimiento, como si de verdad temiéramos por el regreso del que salía a dejar huella en la nieve. Para enredar contando no había otro como el señor Paulino, siempre lo diré. Allí el único que no abrió la boca fue Santines, que seguía con la expresión muy concentrada, casi dolorosamente absorta, y con una mano abierta detrás de la oreja para no perder detalle.
»Pero yo tardé. Tardé muchísimo. Tardé tanto que mi madre tuvo que salir a buscarme con la noche ya asentada. Había dejado de nevar y el cielo, que se apagó dejando un ascua roja en la memoria de cuantos lo vieron morir entre los tejados, acabó siendo una era inmensa y oscura, sembrada de estrellas. Ahora puedo imaginar a mi madre llena de temores, llamándome en voz alta, cada vez más lejos de casa, preguntando nerviosa a quienes se cruzaba en su camino, envejeciendo bajo la luna a cada paso. Cuántas veces habrá vacilado, la pobre mujer, en una encrucijada; y con qué desamparo vagaría a medida que las calles se fueron haciendo solitarias. Hasta que, ya desesperada, le pusiera un sobresalto en el corazón una forma aun confusa en la distancia, y por aclararla se arrancara a correr, ciegamente al principio pero cada vez más firme en sus premoniciones, que acabaron siendo certezas, por fin, cuando estuvo a pocos pasos de un niño pequeño, un niño pequeño y sentado en unas escaleras, tan perdido en asombros propios que parecía haberse olvidado hasta de respirar. Apenas unas nubecitas cándidas alumbraban las idas y venidas de su pecho».
El señor Paulino se quedó en silencio. Le bailaba la lumbre en los ojos cuando los paseó sobre nosotros para preguntar con una voz llena de expectaciones contenidas: «¿no os lo imagináis ya?». Pero antes de que ninguno intentase siquiera decir algo, se adelantó él:
»Yo había perdido la cuenta del tiempo oyendo un acordeón. O a lo mejor es que entré por un tiempo distinto aquella noche, dueño de edades que eran solo mías. Desde que salí de casa y puse un pie sobre la nieve me sentí llevado por el milagro. A una huella le siguió otra, a un paso el siguiente y a ese uno más nuevo, más alejado cada vez… Yo caminaba dormido, ajeno al curso de mi correría, transportado de este siglo, vagabundo en otra creación que estaba y no estaba en esta. Iba doblando esquinas mudas, peregrino encantado por calles nevadas, entrando en plazas que eran y no eran las que yo pisaba, errante por unos escalones en los que, al fin, me senté con el cansancio de quien ha corrido leguas que ya no sabe recordar. Y allí sentado, fui habitando un sueño que tenía sus horas, las que dejaba caer una campana muy alta, cuyo eco bajaba a confundirse entre los pliegues de un acordeón para renacer de nuevo y regresar a las alturas mudado en otra música, una que había confundido el tiempo de la tarde hasta entregárselo, dócil y remansado, a la noche y sus constelaciones detenidas, igual que yo, también para escuchar.
»Aún oía el desmayo de una campanada entre las notas del acordeón cuando mi madre me abrazó. La sentí agitarse llorando en silencio contra mi pecho, que cabía en el suyo porque no era tan ancho como el de mi padre para sujetar aquellas inquietudes que lo desbordaban. Pero ella me envolvía con la misma firmeza o con la misma desesperación, sabe uno ahora, que ponía para abrazar con toda su alma a mi padre cada vez que regresaba. «Por amarres así se hace uno navegante», me dijo él una vez, guiñándome un ojo por encima del hombro de mi madre.
»Tiró ella dulcemente de mí para levantarme de los escalones. Pero antes, con un gesto urgente, se había secado la mejilla con la palma abierta de la mano, que regresó para cerrarse con fuerza sobre la mía. «No vuelvas a hacer esto, ¿me oyes? No vuelvas a desaparecer así». Lo decía apretándome mucho al tiempo que me sacudía el brazo. Y en este ardor estábamos, que había más amores dolidos en el gesto de mi madre que puro desconsuelo, cuando habló el acordeonista. Lo hizo sin abandonar la melodía que tocaba, pero dejándola morir poco a poco, como un murmullo de aguas que fueran pasando cada vez más lejos. «No lo riña, señora. El muchacho ha estado aprendiendo el oficio». Mi madre se volvió hacia el músico, que la miraba muy grave, con aquel rizo de oro claro alumbrándole la frente. Lo estoy viendo: allí sentado sobre el cajón al pie de la escalinata de la catedral, lleno de autoridad sin decir nada, dejando apagarse dulcemente el acordeón. Y entonces todo pareció descomponerse cuando suspendió de golpe el ejercicio de los dedos y sobrevino un silencio que dejó a la noche en una intemperie nueva, como si la hubieran desnudado bajo las estrellas. Y bien podéis creer que de aquella orfandad tan desvalida que de pronto lo contagiaba todo, solo renacimos cuando la voz del acordeonista volvió al mundo para decir: «¿no quiere oírle tocar?».
El señor Paulino se calló. Y después de un poco, empezó a buscar en los bolsillos, a palparse la chaqueta de pana, a revolver de nuevo, muy a conciencia, ahora en las profundidades del pantalón, a pasar de allí a la camisa, entreabriéndose la ropa, y a regresar sin haber dado con lo que buscara a un bolsillo remoto, cosido en el forro del chaquetón. Nosotros seguíamos la maniobra con impaciencia, ansiosos por regresar a aquellas escaleras nevadas en medio de la noche. Hasta que, por fin, de alguna hondura oculta de la ropa, salieron las manos llenas: mecha, eslabón y pedernal. El señor Paulino lió un cigarro con calma, al tercer golpe prendió la chispa en la mecha, avivó la tímida brasa de un soplido, la aplicó a la picadura recién liada y, cuando mató contra el eslabón el brevísimo fuego, todos vimos cómo la lumbre grande de la hoguera se distraía un momento, embelesada con la suerte de aquella otra llamita que volvía a traer palabras antes de apagarse.
»El acordeonista me tendía la mano y mi madre iba abriendo la suya para dejarme ir. Todos los movimientos parecían gobernados por alguna ley misteriosa, qué sé yo si sagrada aquella noche bajo las estrellas. Solo acertaré a deciros que me vi sentado en el cajón, y que a la estatura imponente de la catedral, que ardía por las vidrieras con las lámparas encendidas en su centro, se sumó, mucho más poderosa, la inclinación del acordeonista para cederme su lugar. Luego me colocó en el regazo el instrumento, me acarició la cabeza y antes de separarse de mí, me dijo al oído, como quien confía un secreto: «déjalo respirar».
»Os aseguro que yo, que jamás había tocado, no dudé. Afirmé mi postura sobre el cajón y con la misma ceremonia que había visto emplear al músico, aflojé el instrumento y extendí el fuelle en un arco desmayado, como un pájaro que desperezara las alas justo antes de volar. No sé qué músicas salieron del acordeón pero por sus pliegues recién abiertos, igual que un pecho henchido dispuesto a recibir al mundo, empezaron a asentarse, llenando las crestas y los valles de aquellos surcos de cartón, las mismas figuras que ponían las estrellas en el cielo: centauros y peces, carros y arqueros, cisnes y balanzas, doncellas y leones vibraron llameantes en el fuelle. Y con cada suspiro del acordeón revivía el retablo.
Respiraba el instrumento entre mis manos y por su regazo abierto figuraban selvas, playas y desiertos, un camino nevado que se perdía a lo lejos, con un hombre tirando de una caballería, y un campo de trigo meciéndose aún verde al primer sol; salió después, en otra bocanada que puso rebosante al fuelle, un encinar colmado de escarcha. Y de ahí pasé a sostener una nota vibrante, una nota cristalina para que una niña se apartara el pelo inclinándose a beber el agua de una fuente. También parecía el fuelle tener caprichos propios, que ofreció un reloj de arena y su hilo al caer era el sonido que yo sacaba de las teclas, pisándolas de puntillas con los dedos. Y vino luego una ruidosa romería en la que un mozo, muy galán, convidaba a bailar. Y en otra diversión, que acaso ya era propia, que cada vez me iba haciendo más dueño del instrumento, asomó un gato dormido junto a un fuego y panes blancos y manzanas y membrillos sobre una mesa, y una ventana abierta por la que se escapaba un cantar. Cuando mermaba el fuelle, el mundo también se hacía pequeño y entonces eran las lentejuelas que una costurera enhebraba delante de una vela lo que se veía brillar. En un surco estrecho, el que yo le dejé al instrumento en una apretura que lo tenía casi enteramente recogido, parpadeó, lo que duraba una última nota que di muy sostenida, una estrella muy pálida sobre un atardecer violeta.
»Poco a poco iba entendiendo yo que los esparcimientos que mostraba el acordeón eran un aliento de mis ensoñaciones, si no de mis melancolías. Y cada vez más valedor de las notas que hacía florear persiguiéndose en el aire y de las industrias dóciles del fuelle, eché el pensamiento a volar sobre unas olas que morían, muy rumorosas y muy blancas, en la proa de una nave. Gallardo sobre el puente, con las manos apoyadas en la batayola, miraba el horizonte un hombre. Y sin abandonar la lejanía en la que tenía puesto su cuidado, se sacaba una carta del bolsillo, la contemplaba abstraído un instante y la echaba al mar con un gesto muy ligero de la mano. Subía y bajaba yo por una escala de notas con las teclas y hacía la carta un vuelo quebrado, girando y deteniéndose en el aire, cayendo y volviéndose a elevar, como una gaviota caprichosa, hasta que se desmayaba blandamente sobre una de aquellas olas, que sujetó la letra sobre el techo de su espuma, sin apenas salpicarla, y con ella prendida de los hombros empezó a alejarse hacia la orilla. Todavía acompañé su viaje un poco, aunque con menos travesura que su vuelo, y entonces fui amainando el acordeón muy lentamente hasta que en la plaza no quedó más que un rumor, casi un suspiro, sobre la sal.
»Vi a mi madre llevarse las manos juntas al pecho, como en uno de esos vuelcos que da el corazón. Y en la mudez suspensa de su cara, reconocí, tan distinto como lo había declarado el fuelle, el rostro reflejado de mi padre mirando el horizonte, mirándola a ella y siguiendo la estela de la carta bajo la luz temblorosa de la Polar».
El señor Paulino suspendió el cuento para aplicarse al cigarro y tuvo que soplar la brasa con urgencia, que se le iba apagando de tanto estarse sin animarla. Empezó entonces a dar caladas muy largas cerrando los ojos en cada aspiración. Y de la avidez por resucitar la picadura pasó a fumar con mucho deleite, y a ausentarse tanto en los garbeos de la lumbre extraviando la vista que parecía haberse olvidado de nosotros. Ya se nos hacía largo el descuido y una voz, creo que la del gambucero, un calabrés muy reservado que hasta entonces no había abierto la boca, se atrevió: «¿E poi, cosa è successo?».
»Luego –prosiguió el señor Paulino, vuelto de sus abandonos al tiempo que se quitaba una hebra de los labios–, luego… ¿Qué pasó luego? Ah, sí: luego volvió mi madre a los abrazos. Y a llorar, aunque ahora de otra manera. Casi me rompe una costilla contra el acordeón, que aún lo llevaba puesto. «Hijo mío, hijo mío…» No decía otra cosa, mirándome con unos ojos llenos de lágrimas y de luz. A mí, podéis creerme, nada me parecía extraordinario: ni la expresión dichosa de mi madre en medio del llanto, ni los resplandores que bajaban a la escalinata desde las vidrieras de la catedral, como lumbre vertida por las torres, ni el arte que había tenido yo para sacarle música al acordeón, yo, que sigo sin atinar con el toque para avisar del rancho. Pero también os digo que era bastante con mirar al cielo y ver su fiesta gloriosa de luminarias, mudas en sus giros sobre las agujas de la catedral, pero arropándola bajo sus luces de seda, para saber que aquella era una noche en la que lo vivido y lo soñado compartían todos sus discursos».
El señor Paulino levantó entonces los ojos y murmuró por segunda vez: «casi como hoy». Y por segunda vez miramos todos a lo alto y durante un rato nada pareció importarnos tanto como las estrellas.
»Mi madre –volvió a traernos el señor Paulino a la tierra– me daba otra vez la mano. Yo sabía que ella quería irse, verme por fin metido en casa, cenando los dos y poniéndole letra a los asombros de la tarde con las cabezas muy juntas ante la chimenea. Pero el caso es que no encontraba palabras para despedirse del acordeonista, que fue siempre muy cumplida, la mujer. Las puso él, no os apuréis. «Toma», me dijo a mí tendiendo la mano, «de músico a músico». Abrí yo la mía y sobre la palma abierta dejó él muy delicadamente una moneda. La misma que yo le había dado cuando me senté a escucharle tocar. Y sin decir más, salvo un gesto de saludo a mi madre llevándose dos dedos a la gorra, empezó a alejarse con el acordeón echado al hombro, un poco inclinado hacia adelante y con su rizo de oro pendiendo del aire más que de la frente. Cuando alcanzó el extremo de la plaza, al entrar en el círculo de luz de una farola, me pareció que caminaba dentro de una pompa de jabón.
»Volvíamos mi madre y yo a casa muy juntos de la mano. Por callejas sin un alma caminábamos igual que dos sonámbulos pisando una nieve crujiente, un hojaldre blanco que nos hería los pies. Cada pocos pasos me subía ella el cuello del abrigo. En el pórtico de santa Nonia nos detuvimos a contemplar el misterio, detrás de una reja. Lo habíamos mirado muchas veces al pasar pero nunca como esa noche. Allí, los dos muy quietos, helados bajo la arcada inmensa de las constelaciones, vimos el otro cielo, uno de celofán azul tendido por encima del portal. Y los dos reparamos a un tiempo en el ángel que descendía por aquel firmamento llevando una tela inmaculada entre las manos. Venía deseando paz en letras de oro escritas sobre las arrugas del paño. De pronto, mi madre me apretó la mano y noté su sobresalto emocionado porque era también el mío: coronando la frente del ángel, haciendo la misma onda amarilla que moría en un vértice de plata, los dos estábamos contemplando el rizo radiante y revoltoso que habíamos visto antes ondear sobre…»
Y entonces el señor Paulino, cuyo aliento quemaba, como si habitasen en él los últimos ardores de la hoguera, suspendió el discurso sin aviso. «Pero no –advirtió–, mejor no decir más. Mejor compartir el secreto sin nombrarlo». Y prosiguió por donde iba, o pocos pasos más adelante.
»Corrimos felices hacia casa como si nos llevara el ángel en volandas. Y con la misma facilidad que supiera tocar el instrumento acerté a levantarme de la tierra sin esfuerzo. Creedlo: yo hacía el camino de vuelta por los aires, llevando a mi madre de la mano, pisando de puntillas sobre los tejados y sentándome en el borde de las chimeneas a ver las ventanas de las casas, que latían azules y rojas y amarillas, igual que un Nacimiento dispuesto a nuestros pies. Y yendo así, en altura sobre el mundo, regresó a mis oídos el fuelle del acordeón con sus alientos. Cerré los ojos y me vi hecho un ángel de los que pintan en las esquinas de los mapas, hinchados los carrillos y soplando un viento favorable sobre los océanos. El mío henchía la vela del navegante que suspira por volver».
La lumbre era ahora un rescoldo cárdeno que boqueaba los últimos arrojos pidiendo nuevas palabras para sostenerse. Oímos la sirena de un barco, a lo lejos. El señor Paulino dio una última calada y arrojó con fuerza la colilla, que se perdió en la noche como una estrella fugaz. Pero ya no volvió a hablar. Unidos por su silencio todos contemplábamos la agonía del fuego, que también era la nuestra ahora que sentíamos el desamparo de no contar con más palabras. Y era difícil saber cuál de las dos penas se sufría peor, si la del aliento moribundo de la lumbre o la de la voz que había cesado. Suspenso en un duelo que no parecía el nuestro, Santines seguía alerta con la mano detrás de la oreja.
–Nunca me gustaron los Nacimientos –rompió el silencio Irondo el maquinista.
Y empezó a alejarse hacia el carguero con las manos embutidas en el chaquetón. Maneras de protestar, quién lo duda. No tardamos mucho en seguirle los pasos. Íbamos cabizbajos y sombríos, qué sé yo si melancólicos con aquellas visiones del señor Paulino que apenas hechas propias ya había que olvidar. Allí el único horizonte inmediato volvía a ser la estiba. Antes de salir al cigarro tenía yo menos que perder, eché la cuenta con algo de amargura.
Los últimos en subir a bordo fuimos Santines y yo. Estaba él todavía en la escala, tendiéndome la mano para que lo ayudase en el paso final, cuando me quedé distraído un momento. Sobre el muelle, junto a la hoguera recién abandonada, había una figura. Alguien que parecía un niño se empeñaba en reavivar la llama, soplando en cuclillas. Y algo logró, que bien pude ver cómo se alzaba con una lágrima de fuego prendida en un palito. Parecía una bengala inquieta en su mano. Miró el niño hacia nosotros y movió muy discretamente los labios.
Cuesta creer lo que pasó entonces. ¿Pero qué necesidad hay de mentir cuando uno no vale para ello? Solo quisiera el arte del señor Paulino para contarlo, o siquiera la música de su voz. Veréis: Santines, que seguía agarrado a la escala, volvió los ojos a tierra y sin perder el equilibrio hizo una reverencia muy solemne hacia la figura que estaba junto a las brasas, que replicó con la misma gentileza. Y apenas terminaron las cortesías se extendió un silencio que suspendió todos los rumores de la tierra. De la tierra entera, con sus mares y sus ríos y sus ciudades y sus caminos y sus vientos, tan grave era. Entonces, en medio de esa imponente pausa, oí a Santines susurrar una palabra. Lo hizo con tanta medida que fue como ver alejarse la voz de sus labios en medio de la noche. Aquel murmullo aleteó primero estremeciendo el agua, que empezó a rasgarse igual que una tela, como si la letra pronunciada fuera abriendo un surco sobre el mar en su progreso. Y estalló después, en cuanto aquel aliento tocó tierra, en un sobresalto de alegres luces que fueron a precipitarse sobre el rescoldo de la hoguera como una lluvia inflamada. Y entonces las brasas, que no eran más que un balbuceo dormido en el suelo, se desperezaron echando chispas alrededor y tras un momento de calma en el que pareció que vacilaba su ánimo, se alzaron de golpe en una llamarada poderosa que dejó la noche confundida de luces y a las estrellas en un desvelo que también a mí me intimidaba. Ascuas y luceros se repartían el cielo sobre nuestras cabezas y llegaba su incendio a todos los rincones, que latían renovados en la claridad de las llamas.
Aún confundido por el espectáculo miré a Santines. Me tendía la mano de nuevo para que lo subiese a bordo, como si nada acabara de pasar. Tiré de él y me pareció que era una pluma lo que yo traía al barco en vez de un alma mortal. Cuando estuvo a mi lado me dio una palmada en el hombro. Lo vi alejarse con aquellos andares suyos un poco desvalidos hasta que se perdió por la escotilla de popa tras ajustarse un momento antes el cinturón.
Ya les decía que recuerdo todo aquello como si acabara de pasar. Y cada vez que lo cuento voy ganando en confianzas. Si excuso ahora de apuntarles qué palabra salió de labios de Santines para revivir el fuego es por respeto a las maneras del señor Paulino, que también de escuchar se aprende algo. Ya saben, eso de no ponerle nombres al secreto entre buenos entendedores. Y lo de no aburrir por querer contarlo todo. Pero a una confidencia no renuncio: desde aquella noche el hombro no me ha vuelto a doler. Y fíjense lo que les digo: allí donde Santines me había palmeado cuando lo subí a cubierta, sigue sin enfriarse un delicado rescoldo, como un aliento amigo que antes que saludo voy teniendo, cada vez con más certeza según lo cuento, por angélica bendición.

***

Pablo Andrés Escapa (Villaseca de Laciana, 1964) es bibliotecario de la Real Biblioteca del Palacio Real de Madrid y su última obra es Fábrica de prodigios (Páginas de Espuma), por la que obtuvo el Premio de la Crítica de Castilla y León en 2020.

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